Opinión

El partido más importante del mundo

Hoy se juega la única liga que no paró en América: la de Nicaragua. Y habrá clásico, entre el Cacique Diriangén y el Real Estelí. Pero otras cosas más importantes han pasado: dos jugadores se fueron de sus clubes por miedo al virus, un equipo quiso abandonar el torneo y se desconfían de las cifras en el único país sin medidas sanitarias ante el COVID-19

Por Ignacio Fusco

En la Liga de Nicaragua se implementó el choque de puños como saludo previo al partido(EFE)

En la Liga de Nicaragua se implementó el choque de puños como saludo previo al partido | EFE

En algún momento, era obvio, iba a suceder esto: que las exageraciones teatrales de los relatores de radio se volvieran cuerpo, mundo, realidad. Hoy a las diez de la noche de la Argentina el Cacique Diriangén visitará al Real Estelí, y no habrá fabulación ni mentira cuando el relator grite que no existe en el planeta un partido más importante que éste, ahora, el clásico nacional encima, ahí abajo, todos listos, ya por comenzar. Los dos equipos tienen la misma cantidad de puntos, faltan dos fechas para que termine la primera fase y solo uno acompañará al líder (el Managua) directamente a las semifinales del torneo de Nicaragua, el único de América que aún se juega mientras el Coronavirus ha paralizado a los demás. O será el Cacique, o será Estelí, quizá grite el relator, que ojalá cuente, al pasar y rapidito, todo lo otro que también sucedió: que hay un equipo en la liga que quiso dejar de jugar por la pandemia y no pudo, que un jugador ruso y otro costarricense suspendieron los contratos con sus clubes y se volvieron a su país, que el torneo mueve ahora más dinero en los sitios que trabajan con apuestas, que 5.357 personas pidieron refugio en Costa Rica en las últimas tres semanas por la explosión política y social que desde 2018 vive Nicaragua, y que la respuesta –nuevas fronteras sanitarias, nuevas fronteras del mundo– por primera vez fue no. El último sábado, una chica nicaragüense de 17 años quiso mandarse por Upala, provincia de Alajuela. La policía la vio, la detuvo. Estaba embarazada. Pero ésa no fue la noticia. La noticia fue que le dio negativo el test de Covid.

La de Nicaragua es una de las cinco ligas que todavía se juegan en el mundo. Mientras anteayer comenzó la de Taiwán, hay otras tres que tampoco pararon nunca: Bielorrusia, Burundí y Tayikistán. ¿Negligencia, un sistema de salud invencible, países alejados de los centros de contagio, poco tránsito, fe en Dios? Según las cifras que ha concedido el gobierno de Daniel Ortega, en el país en el que hoy se jugará el clásico –y los otros cuatro partidos de la fecha– se han contagiado solamente nueve personas: una de ellas se murió. “Pero también nos han dicho que no, que hay más casos en realidad”, sorprendió Sebastián Barquero, un delantero costarricense de 19 años que en enero de este año había llegado justamente al Cacique y, apenas se supo que en Nicaragua había una persona contagiada, se volvió a su país. Fue, el miedoso Barquero, una de las poquitas voces disidentes, un miedoso sincero valiente que se animó a decir que no. “Las personas andan en la calle como si nada y yo tenía temor de contagiarme, pensé en mi familia y quise volverme, no podía concentrarme ni para entrenar”, le contó a Winsports, ya de nuevo en el Saprissa de su país. Lo que acaso escuchó Barquero fue lo que había develado otra de las voces rebeldes, la del Observatorio Ciudadano COVID-19, respaldado por la Organización Panamericana de la Salud. En Nicaragua ya son más de doscientos los contagios. Eso habrá escuchado Barquero, el miedoso Barquero, que quizá después se enteró de esto también: en Cuba detectaron hace unos días tres casos exportados. Las tres personas –no una, no dos: las tres– habían viajado a Nicaragua. La Nicaragua que en 2018 vivió una sublevación parecida a la de Chile. La Nicaragua cuya fuerzas militares y parapoliciales mataron a 307 personas, según informó la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos. La Nicaragua de la que Barquero –el miedoso Barquero– eligió partir.

Uno de los últimos partidos que jugó el delantero en el Cacique fue justamente el mismo día que se informó oficialmente el primer caso de Coronavirus en el país: el 18 de marzo, Diriangén venció 1-0 al Real Madriz. Como en aquellos jueguitos noventosos que no negociaban los derechos con los clubes grossos de Europa y ponían sus nombres como si los hubieran tipeado mal, hay, en Nicaragua, un Real Madriz. Y, también, una Juventus FC. Era la 9ª fecha del campeonato y el club, luego del 1-0, tuiteó: “No es momento de celebrar, es momento de cuidar a los nuestros. Tomemos las medidas”. Las medidas eran, obvio, las medidas sanitarias que recomendaba cualquier organismo que no fuera, obvio, la autoridad estatal. 

En el universo extranjero del presidente Ortega –presidente que, mientras los vecinos miran fútbol, no aparece públicamente hace un mes– las medidas, en cambio, fueron éstas: que durante la Semana Santa se celebrara en una playa de la capital, Managua, el Summer Music Fest. Éstas: que hubiera doscientos puesteros vendiendo ropa y recuerdos y adornos y comida en la Feria de la Resurrección y el Nuevo Amanecer. Ésas, y ésta también: por ejemplo, organizar una marcha a la que fueron miles de personas que se llamó Amor en tiempos del Covid. Para esa altura, el ruso Nikita Solodchenko también ya se había ido del país. Su equipo, Walter Ferretti, informó en el reporte oficial que la decisión había sido por “asuntos familiares”. Posible subtitulado, doblaje de las comillas, nota al pie: miedo en un fútbol que no activó las barreras mínimas en el inicio de una pandemia mundial.

Mientras tanto, un solo equipo de los diez que tiene Nicaragua quiso abandonar todo: justamente, uno de los que hoy juega el clásico, el Cacique Diriangén. “El club nos dio la posibilidad de decidir si queríamos jugar. El 85% terminó diciendo que sí porque, si no te presentás dos partidos consecutivos, te multan con el descenso”, le explicó uno de sus volantes, el uruguayo Bernardo Laureiro, a TNT Sports. Para entonces –elección con castigo no parece ser, sin embargo, una elección– el Diriangén ya había perdido 9-1 la votación de parar la liga y, para entonces también, Laureiro parecía estar un poco más tranquilo que cuando, unos días antes, escribió este tuit: “No entiendo a mis colegas que no dicen nada. Los protagonistas somos nosotros, nadie más. Si un plantel tiene 30 jugadores y los 30 dicen que no quieren jugar no se juega y listo (…) Dejen de vender humo con las campañas de prevención”. Un día después de haberse enojado y desahogado, Laureiro y Diriangén jugaron igual: le ganaron, con un doblete suyo, 2-0 a Ocotal. Fue el día de la foto rebelde, la foto viralizada: los diez jugadores de campo posando a un metro sanitario de distancia, todos con los barbijos como Sub-Zero y el arquero solo, a un costado, con los brazos atrás. Entonces también tuiteó Laureiro. Puso la foto. Escribió: “Perdón”.

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